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HERMANDAD DE LAS CIGARRERAS

Retirada del culto de la Imagen de Ntro. Padre Jesús Atado a la Columna

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Tras el examen anual realizado el pasado mes de julio a la imagen de Ntro. Padre Jesús Atado a la Columna por el restaurador D.…

Besamanos a Ntro.  Señor Jesucristo Atado a la Columna

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El domingo día 20 de noviembre se celebrará SOLEMNE BESAMANOS A NTRO. SEÑOR JESUCRISTO ATADO A LA COLUMNA, en forma de Veneración. Este piadoso acto…

Concierto de Santa Cecilia y Entrega del Galardón Madre Cigarrera

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Con motivo de la festividad de Santa Cecilia, patrona de la música, la Banda de Cornetas y Tambores Ntra. Sra. de la Victoria, junto con…

La Obra Social de la Coronación Continúa

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Es tradicional en nuestras hermandades los grupos de donantes de flores, que se encargan de que no les falten flores frescas a sus respectivos Titulares…

Evangelio del día

  • Lectura del santo evangelio según san Mateo (8,5-11): EN aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho». Le contestó: «Voy yo a curarlo». Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes;[…]

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Creo en la Iglesia es mi Madre

creo iglesiaHace algún tiempo, una revista de alcance nacional me pidió que le pusiera por escrito qué significa para mí la Iglesia. Pienso que puede ser bueno que yo comparta aquella reflexión con los fieles que Dios ha confiado a mi cuidado pastoral, máxime en estos tiempos en que no pocos creen que para ser cristiano no es necesario estar visiblemente en la Iglesia, que supuestamente sería una institución prescindible. Son aquellos que dicen “Cristo sí, la Iglesia no”.

Es verdad que en el Credo, la Iglesia es uno de los artículos de la fe. Para mí, sin embargo, la Iglesia creída, antes que concepto, idea o doctrina, es una experiencia vital, una experiencia de vida sobrenatural compartida. Con el Concilio Vaticano II, entiendo la Iglesia como la Encarnación continuada, como el sacramento de Jesucristo, su prolongación en el tiempo.

La Iglesia es Cristo que sigue entre nosotros predicando, enseñando, acogiendo, perdonando los pecados, salvando y santificando, hasta el punto de que, como escribiera el P. De Lubac, si el mundo perdiera a la Iglesia, perdería la Redención.

Para mí la Iglesia no es el intermediario engorroso del que uno trata de desembarazarse por inútil y molesto. Al contrario, es el ámbito necesario y natural de mi encuentro con Jesús y la escalera de mi ascensión hacia Dios, en frase feliz de San Ireneo. Sin ella, antes o después, todos acabaríamos abrazándonos con el vacío, o terminaríamos entregándonos a dioses falsos.

Para mí además, es el puente que salva la lejanía, la distancia y la desproporción que existe entre el Cristo celestial, único mediador y salvador único, y la humanidad no glorificada y peregrina. Con San Cipriano de Cartago, concibo la Iglesia como el regazo materno que me ha engendrado y que me permite experimentar con gozo renovado cada día la paternidad de Dios.

Al sentirla como madre, la siento también como espacio de fraternidad. Junto con sus otros hijos, mis hermanos, la percibo como familia, mi familia, como el hogar cálido que me acoge y acompaña, como la mesa en la que restauro las fuerzas desgastadas y el manantial de agua purísima que me renueva y purifica. Recibo su Magisterio no como el yugo o la carga insoportable que esclaviza y humilla mi libertad, sino como un don, como una gracia impagable, como un servicio magnífico que me asegura la pureza original y el marchamo apostólico de su doctrina.

Vivo mi pertenencia a la Iglesia con alegría y con inmensa gratitud al Señor que permitió que naciera en un país cristiano y en el seno de una familia cristiana, que en los primeros días de mi vida pidió a la Iglesia para mí la gracia del bautismo. Si no fuera por ella, estaría condenado a profesar la fe en solitario, a la intemperie y sin resguardo. Gracias a ella, me alienta y acompaña una auténtica comunidad de hermanos.

Vivo también mi pertenencia a la Iglesia con orgullo, con la conciencia de ser miembro de una buena familia, una familia magnífica, una familia de calidad, pues si es verdad que en ella hay sombras y arrugas, es también cierto que la luz, ayer y también hoy, es más intensa que las sombras, y que la santidad, la generosidad y el heroísmo de muchos hermanos y hermanas nuestros es más fuerte que mi pecado y mi mediocridad.

Vivo además mi pertenencia a la Iglesia con amor, no referido a una Iglesia soñada e ideal, que sólo existirá después de la consumación de este mundo, sino a esta Iglesia concreta que acaba de entrar en el tercer Milenio del cristianismo bajo el cayado de los Papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y el Santo Padre Francisco. Y porque la amo, me duelen hasta el hondón del alma las caricaturas injustas y grotescas y las desfiguraciones gratuitas y malévolas de quienes hablan de ella sin conocerla, sin vivir en ella y desde ella. Me duelen las campañas de quienes no pierden la ocasión, aún la más esperpéntica y disparatada, para desacreditarla, decretando que su ciclo vital toca a su fin y mellando la confianza de los fieles en sus pastores. Me duelen, sobre todo, los zarpazos de sus propios hijos y las críticas desconsideradas y negativas que no nacen del amor.

Quisiera vivir mi pertenencia a la Iglesia con responsabilidad como cristiano y como pastor, de manera que mi vida sea una invitación tácita a penetrar en ella, conocerla, vivirla y sentarse a su mesa. Quisiera, por fin, que lo que la Iglesia es para mí, lo sea también a través de mí, es decir, regazo materno y cálido hogar, puente, escalera, lugar de encuentro, mesa fraterna, manantial y, sobre todo, anuncio incansable del Señor a mis hermanos, muy especialmente a aquellos que la propia Iglesia ha confiado a mi ministerio.

Deseándoos un feliz día del Señor, para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

El Ayer ...

La Cofradía en 1967La Cofradía en 1967

La Cofradía en 1967

 

 

Gracias al archivo fotográfico de diapositivas de D. Juan José Caravaca Barroso, que nos llega a través de su hijo D. Juan Jose Caravaca Silva, podemos comtemplar el discurrir de los pasos de nuestros Sagrados Titulares en la tarde del 23 de marzo de 1967 por la Plaza Nueva, a la altura del Excmo. Ayuntamiento. 

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